El resultado de las áreas cerebrales sincronizadas

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La dirección que está tomando la neurociencia, más que relacionar áreas cerebrales con funciones, es analizar la sincronización y conectividad funcional entre ellas. Se piensa que son varias las áreas que, actuando juntas por medio de un circuito, ejecutan una función, y no que una sola área cerebral sea responsable de una función en exclusiva. Los últimos estudios científicos demuestran que la intensidad de la sincronización neuronal influye decisivamente en el procesamiento de las señales que llegan al cerebro y, en consecuencia, en la percepción consciente. Sin embargo, no todos estos estudios asocian la atención solo a un incremento de la «tasa de descarga» neuronal, sino también a las diferentes neuronas y áreas cerebrales especializadas en el reconocimiento de un determinado objeto (por ejemplo, deben activarse regiones del cerebro separadas entre sí para procesar sincrónicamente el color, el tamaño, la profundidad espacial, la localización, y así sucesivamente).

Cuando dirigimos nuestra atención, pongamos por caso, a un objeto, se sincroniza la actividad de las neuronas que se ocupan de ese objeto. Al parecer, este es un requisito previo para que la información pueda llegar a la conciencia. La atención activa mejora la sincronización: si estamos atentos a la aparición del objeto, entonces sincronizamos las neuronas correspondientes con antelación y propiciamos la transmisión de los datos. Todo indica que el cerebro se responsabiliza de una «anticipación» neuronal constante, que no solo depende de los estímulos externos, sino también de la dinámica cerebral interna de la que la emoción es una parte imprescindible. Por eso, nuestras intenciones, expectativas o estados de ánimo influyen en el modo en que percibimos, tomamos decisiones y, en última instancia, vivimos nuestro entorno.

Así, las diversas áreas cerebrales que actuan en equipo se pueden influenciar las unas a las otras, y llegar incluso a cambiar la emoción que podamos sentir, así como la decisión que vayamos a tomar. Si hubiese un problema con el calentador o simplemente lo apagásemos, por mucho que abriésemos el grifo del agua caliente, al poner la mano debajo solo notaríamos agua fría. Veamos otro ejemplo: cuando estamos paseando por la calle y vemos una persona tumbada en la calzada a escasos metros de una bicicleta tirada en el suelo y oímos un ruido de sirenas cada vez más cerca, nuestra amígdala se encarga de mandar una señal de alerta a la corteza visual para asegurarse de que lo que está sucediendo, el accidente, tenga prioridad en nuestra percepción y, por ende, atención, lo que nos generará una serie de emociones negativas. También nos puede llevar a actuar, a realizar cualquier acción que sirva de ayuda. Cuando vemos que la policía está inspeccionando el lugar del accidente y la ambulancia se lleva a la persona accidentada consciente al hospital, lo que solemos hacer es intentar entender qué es lo que ha sucedido. Cuando lo logramos, la corteza prefrontal se encarga de mandar una señal a la amígdala y nuestras emociones cambian.

En este ejemplo, y siguiendo al psicólogo holandés Nico Frijda, las emociones sirven de «detector» que nos avisa de lo que es importante (cómo es el accidente), pero también nos hace sentir algo, negativo o positivo, al igual que nos lleva a hacer algo (acción motivadora), como puede ser preguntar si se necesita ayuda o marcharnos de ahí para no entorpecer las labores de la ambulancia o la policía. Es más, sentiremos en nuestro cuerpo señales inequívocas de alerta que nos pondrán en disposición de tomar una decisión. Es lo que Damásio ha llamado «marcador somático» (MS), algo así como una señal en forma de sensación corporal aprendida, que contribuye a optimizar nuestras decisiones y nuestro razonamiento. Y esto nos servirá para experiencias futuras de características semejantes, pues si una situación es asociada con una experiencia corporal anterior negativa, el MS «intentará» modificar el cursogesti de la acción; por el contrario, si la situación se asocia con alguna experiencia anterior positiva, la favorecerá y contribuirá a aumentar la precisión y eficacia en el proceso de decisión, lo que permitirá alterar el orden de las posibilidades cerebrales disponibles para fomentar acciones positivas frente a acciones desfavorables. Damásio y sus colaboradores apuntan a la corteza prefrontal ventromedial como una de las principales áreas implicadas en el proceso de codificación afectiva.

Siguiendo el hilo de nuestra exposición y adentrándonos en la relación entre emoción y cognición, que es el camino que está tomando la neuroeconomía, encontramos que, como ya hemos explicado, uno de los componentes de la emoción que influyen en el proceso de toma de decisiones es el MS, que actúa en colaboración con la atención y la memoria funcional en el proceso de análisis, ponderación de los estímulos y razonamiento de los mismos antes de llevar a cabo la acción. Pues bien, sin dejar este razonamiento, si la emoción tiene la capacidad de alterar la toma de decisiones, sería lógico pensar que cambiando nuestras emociones podemos modificar nuestras decisiones.

Pero ¿cómo afecta la emoción al proceso de toma de decisiones? Se han identificado dos vías: la primera se da cuando estamos emocionados pero esta emoción no es consecuencia de la decisión; y la segunda se produce cuando los posibles resultados de nuestra decisión nos generan una emoción que influye en el cálculo del valor de cada opción. Por ejemplo, pensemos en decisiones que debemos tomar cuando estamos sometidos a un fuerte estrés. Las hormonas del estrés, principalmente la adrenalina y el cortisol, influyen en áreas cerebrales relacionadas con la emoción y la toma de decisiones, como la corteza prefrontal o la amígdala. En 2009, Anthony Porcelli y Mauricio Delgado realizaron un estudio para ver cómo el estrés modulaba el riesgo en la toma de decisiones financieras. Lo que descubrieron fue que el estrés acentuaba la tendencia identificada por Kahneman y Tversky, según la cual las personas tienden a buscar el riesgo en el marco de las pérdidas y la seguridad en el marco de las ganancias (aversión al riesgo). En la investigación, los participantes que fueron sometidos a estrés se volvieron más arriesgados en el primer caso (marco pérdidas) y más conservadores en el segundo (marco ganancias). No nos sorprende que el estrés afecte a nuestras decisiones y hasta llegue a cambiar nuestro comportamiento, incluso aunque no esté relacionado con la decisión en cuestión, puesto que influye en nuestra reacción a la recompensa, en el control ejecutivo y en el aprendizaje de los resultados positivos o negativos que vayamos obteniendo. No obstante, el estrés no afecta de igual manera a todas las personas, ni en la forma de percibirlo ni en el modo de regular las respuestas que genera.

Nichole Lighthall, Mara Mather y Marissa Gorlick han dado un paso más y han analizado las diferencias entre hombres y mujeres cuando están sometidos a estrés. Utilizando el juego BART (véase el recuadro «¿Las emociones pueden influir en las decisiones de riesgo?», observaron que los hombres asumían más riesgos cuando estaban estresados, mientras que en el caso de las mujeres se producía el efecto contrario: disminuían sus decisiones con riesgo. Tres años más tarde, en 2012, en una investigación encabezada por Lighthall, en la que empleaba la resonancia magnética funcional, observaron que los hombres se mostraban más impulsivos cuando estaban sometidos a estrés, tomando decisiones más rápidas que las mujeres bajo las mismas condiciones, pero no se hallaron diferencias en la toma de decisiones de unos y otros cuando no había estrés. En los hombres en situaciones estresantes se apreció una mayor activación en la ínsula (estructura cerebral encargada de asociar las emociones con funciones somáticas principalmente motrices) y el putamen (área cerebral relacionada con las acciones y sus resultados, así como con la generación de planes motores) cuando tomaban decisiones, mientras que en las mujeres fue al revés.

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