El papel de las emociones en la toma de decisiones económicas

Sin valoraciones

Para poder responder a esta cuestión vamos a utilizar un ejemplo deportivo. Partamos de la base que España es un país al que le gustan los deportes. En 2007 se llevó a cabo un estudio para observar la reacción que provocaba en los mercados de valores (por efecto de los cambios repentinos en el estado de ánimo de los inversores) el hecho de que la selección española de fútbol perdiera un partido. Pues bien, se ha demostrado que estos cambios en el estado de ánimo también afectan al comportamiento económico. La psicología apunta a una fuerte relación entre los resultados de los partidos de fútbol y el estado de ánimo, y la economía recoge esta idea señalando el efecto que ejerce en el optimismo y el pesimismo de los inversores con relación al precio futuro de las acciones. Así pues, la reacción del mercado de valores a la derrota de los equipos de fútbol es negativa.

Alex Edmans, Diego García y Oyvind Norli descubrieron que los rendimientos en los mercados bursátiles de un país caen significativamente cuando el equipo de fútbol de ese país es eliminado de un torneo internacional como la Copa del Mundo. Perder durante la etapa de eliminación del Mundial conlleva un retorno anormal de la acción al día siguiente de -49 puntos básicos, es decir, el día después de este acontecimiento tu acción vale menos dinero, apuntan los autores. Pero no solo sucede con el fútbol, sino también con otros deportes como el rugby o el baloncesto, en los países donde esos juegos de equipo son los más populares. Con este sencillo ejemplo (influencia de los resultados deportivos en el estado de ánimo de los inversores), podemos intuir el enorme impacto de las emociones en la economía.

A la pregunta «¿qué son realmente las emociones?», la neurociencia nos respondería considerando la emoción desde un punto de vista temporal de procesamiento de la información y de la amplitud de los síntomas corporales asociados a la misma. Nos diría que las emociones, así vistas, cuentan con dos procesos neurobiológicos que condicionan, modulan e incluso cambian la toma de decisiones, incluida la económica, al producirse cientos de milisegundos antes del proceso cognitivo previo a la ejecución. Si lo comparamos con la Fórmula 1, en la que el orden de los pilotos en la parrilla de salida viene determinado por los tiempos del día anterior, vemos que, en cambio, según la neurociencia el orden de los procesos neurobiológicos aquí siempre es el mismo, primero la emoción y después su «competidor», la cognición. No importa quién haga el mejor tiempo, como sí ocurre en la Fórmula 1. La cognición siempre va a salir después que la emoción en las carreras que se libran cada día en nuestros circuitos neuronales, lo que se refleja en el dicho popular «la emoción precede a la razón».

La neurociencia también nos dice que la emoción brota mediante dos procesos neurofisiológicos ejecutados según un orden temporal. El primer proceso sucede rápidamente y consiste en una activación del sistema nervioso simpático, que genera una respuesta rápida y de gran amplitud que conlleva efectos fisiológicos tales como la sudoración, la alteración del ritmo cardíaco o la modificación de la actividad eléctrica de la piel, entre otros, provocados por la actividad de las estructuras límbicas subcorticales, principalmente la amígdala. El segundo proceso neurofisiológico es más lento y sigue al primero, dando lugar a una atenuación o disminución de los síntomas fisiológicos propios de las emociones primarias —aquellas básicas y universales, como la alegría, la tristeza, el miedo o la ira— a favor de respuestas más elaboradas cognitivamente. El primer proceso estaría representado por el hipocampo y la amígdala, mientras que el segundo proceso estaría dirigido y controlado por el cingulado anterior y el lóbulo orbitofrontal como máximos responsables.

Las emociones, al margen del componente biológico, dependen de las experiencias propias, de los valores sociales, personales, religiosos o culturales que modifican la capacidad de juicio, así como la toma de decisiones. Las emociones pueden enseñarse, modularse e incluso modificarse mediante procesos de aprendizaje, puesto que no dependen exclusivamente del sistema límbico subcortical, sino que también las estructuras corticales, como las áreas orbitofrontales, están implicadas en su generación. La participación del sistema límbico subcortical, principalmente de la amígdala, conlleva respuestas muy rápidas con gran activación del sistema nervioso simpático y difíciles de controlar cognitivamente. Solo mediante el aprendizaje y la repetición de estas emociones se consigue un control del sistema nervioso simpático por medio de la participación de estructuras corticales, sobre todo del área orbitofrontal, cuya consecuencia es una disminución de la amplitud de los síntomas neurofisiológicos primarios: control de la sudoración, del aumento de la frecuencia cardíaca, etcétera. Dicho esto, las emociones siempre se relacionan con procesos neurofisiológicos asociados a respuestas corporales. De hecho, los estudios que se han llevado a cabo mediante la exposición de imágenes negativas y neutras demostraron alteraciones en la conductancia de la piel ante imágenes negativas, hecho que no sucedía con las neutras.

Esto nos lleva a pensar en la importancia que tiene la información sensorial en la elaboración y el desarrollo de las emociones, tanto la que nos llega por vías internas desde nuestro propio cuerpo como la que se integra en las percepciones que recibimos del medio ambiente en el que nos movemos.

Los estudios realizados mediente neuroimagen han confirmado lo expuesto anteriormente. Por ejemplo, cuando creamos un ambiente positivo que nos genera alegría, se produce un aumento notable de los niveles de dopamina, que provoca la puesta en marcha de la corteza cingulada anterior, lo cual se traduciría en un aumento en el rendimiento del trabajo y una mayor capacidad de atención, cognitiva y de resolución de problemas. Sin embargo, cuando el ambiente nos lleva a la tristeza, disminuye tanto la dopamina como la actividad de la corteza cingulada anterior y otras áreas cerebrales asociadas con los circuitos cognitivos, como son el hipocampo, la amígdala o el lóbulo frontal.

¿Qué conclusiones podemos extraer de todo esto? Los circuitos cerebrales responsables de las emociones y los cognitivos, si bien es verdad que son diferentes, se encuentran fuertemente conectados por una relación de interdependencia, de tal forma que, cuando el cerebro percibe algún peligro, se ponen en marcha estructuras cerebrales del sistema límbico subcortical como la amígdala, antes de que se produzca cualquier análisis cognitivo o racional. No obstante, también es cierto que se puede ejercer un control cognitivo de la emoción, tal y como propone la inteligencia emocional, a través de un proceso cognitivo mediado como hemos visto por la corteza orbitofrontal, que es capaz de reconocer, analizar y modificar la percepción emocional y consecuentemente reducir la actividad de la amígdala y las demás estructuras límbicas subcorticales. Esto abre la puerta a la posibilidad de pensar que es factible un cierto control, o por lo menos una cierta modulación, de la emoción previa a la toma de decisiones mediante la percepción del entorno en el que nos desenvolvemos. Posiblemente, modificar la actividad de la corteza orbitofrontal mediante la exposición a estímulos ambientales de contenido emocional positivo podría ser determinante a la hora de elegir entre las diferentes opciones económicas o financieras. En diferentes estudios se ha comprobado que las emociones están distribuidas asimétricamente en el cerebro, de modo que el hemisferio no dominante, generalmente el derecho, se activa más frente a imágenes negativas y que provocan miedo, mientras que el izquierdo, lo hace ante imágenes de contenido emocional positivo. Curiosamente, es el hemisferio izquierdo el más implicado en las operaciones financieras.

Asimismo, todo esto nos lleva a pensar en la importancia de la personalidad cuando se trata de valorar las diferentes alternativas económicas antes de tomar una decisión financiera. Las personas más prudentes o poco impulsivas, en situaciones de estrés, peligro, ansiedad o crisis económica, podrían tomar decisiones muy diferentes de aquellas que tomarían quienes tienen una personalidad caracterizada por la impulsividad y cuya capacidad de control sobre sus emociones es más limitada. Esto se debería a la disposición de las personas prudentes a modular a través de estructuras corticales, como la corteza orbitofrontal, que influye en la corteza amigdalina, hecho que sería muy difícil en las personas impulsivas, puesto que en ellas se anticipa temporalmente la respuesta conductual, en la que no es posible intervenir cognitivamente, dado que es un proceso cortical que se produce mucho más tarde.

En resumen, podemos afirmar que las personas evalúan las características de las distintas alternativas económicas de forma subjetiva, y que las emociones influyen en esas valoraciones. Así, nuestras decisiones dependerán de cuáles sean nuestras evaluaciones, es decir, del valor que le demos a cada opción. La emoción, por consiguiente, es capaz de modular nuestras decisiones, del mismo modo que las elecciones que hacemos pueden cambiar nuestras emociones y preferencias. Lauren Leotti y Mauricio Delgado demostraron, en 2011, que la capacidad de ejercer control, y la consiguiente posibilidad de decidir libremente, generan una respuesta emocional positiva, de disfrute, lo cual se traduce en una mayor activación de regiones corticoestriales y del cingulado anterior, así como un aumento de la dopamina en dichas estructuras, lo que favorece los procesos motivacionales, afectivos, cognitivos, atencionales y creativos, por nombrar algunos. Lo que todavía desconocemos es cuáles son los circuitos neuronales que subyacen en el ordenamiento temporal de estos procesos y que conectan la emoción, las valoraciones y las decisiones.

No obstante, debemos tener en cuenta que la toma de decisiones es un proceso complejo que no implica únicamente señalar con el dedo y elegir entre A o B; es mucho más que eso. Los estímulos ambientales, los inputs sensoriales multimodales, las experiencias vividas, las respuestas sensoriales y emocionales, la anticipación de metas u objetivos finales, las expectativas y los posibles resultados son procesados de manera conjunta antes de dar una respuesta. A la hora de seleccionar la respuesta más ventajosa de entre las distintas opciones, las emociones desempeñan un gran papel, pues modulan los procesos selectivos anticipatorios a la toma de la decisión.

En la actualidad, los neurocientíficos han dedicado muchos esfuerzos a estudiar primero aquellos procesos de decisión más simples para lograr un entendimiento de los procesos más complejos. Para ilustrar esta idea, imaginémonos una casa con sus cañerías de agua. La casa representa nuestro cerebro, mientras que las cañerías son los circuitos neuronales por los que pasa la información. El agua fría son los recursos cognitivos, mientras que el agua caliente serán los procesos emocionales. Al igual que no vemos cómo circula el agua desde el acumulador hasta el grifo, tampoco podemos observar las señales eléctricas o de oxigenación de la sangre que se producen en el cerebro y a través de las cuales se transmiten los estímulos.

¿Las emociones pueden influir en las decisiones de riesgo?

En el programa de televisión Brain Games se muestra cómo se puede influir en las decisiones de riesgo que una persona está dispuesta a asumir. Aunque apuntan a que el comportamiento de una persona es más arriesgado a medida que aumenta la velocidad de procesamiento de la información, lo que hacen en el experimento es utilizar la emoción para influir en la decisión. La prueba consistía en el juego BART (Balloon Analogue Risk Task), que tiene como objetivo inflar un globo bombeando aire con unos surtidores, intentando que el globo no explote. Cuanto más aire bombeen los participantes, más dinero podrán ganar, pero también más riesgo correrán de perderlo todo. En este episodio de Brain Games dividieron a los participantes en dos grupos, el equipo rojo y el equipo verde, y antes de que empezaran el juego les mostraron un vídeo. El equipo rojo vio imágenes de violencia y agresión, y el equipo verde, de tranquilidad y relajación. Al finalizar, el equipo verde logró 425 dólares, mientras que el rojo se fue con las manos vacías. El resultado se debió a la emoción que provocaron los respectivos vídeos en los jugadores. En el caso del equipo rojo, dicha emoción los llevó a apostar y apostar hasta que lo perdieron todo. Por ejemplo, una jugadora comentó al terminar la prueba que «estaba eufórica y solo quería seguir y seguir». El equipo verde, en cambio, fue más cauto (véase la figura 8).

Figura 8: El experimento del programa televisivo Brain Games. En él se practicó el juego BART, cuyo objetivo es inflar un globo por medio de «bombeos» de aire. Por cada bombeo se gana dinero, pero si el globo explota se pierde todo. La emoción que les generó la visualización de unas imágenes influyó en el comportamiento de ambos equipos.

Este ejemplo nos demuestra la importancia que tiene el medio ambiente en la puesta en marcha de las emociones secundarias −aquellas que no son universales, sino condicionadas por el contexto sociocultural− que condicionan la decisión. Los mecanismos corticales, sobre todo los orbitofrontales, entran en funcionamiento para condicionar y modular la respuesta amigdalina y hacer que las personas tomen decisiones con un mayor o menor control de la situación.

Cuando las respuestas son inmediatas, la capacidad de observación del entorno y sus consecuencias disminuyen, por lo que se potencia la respuesta impulsiva dominada por el sistema límbico subcortical, principalmente por la amígdala. El equipo rojo fue incapaz de controlar sus impulsos a causa de la baja actividad de la corteza cerebral. En cambio, el equipo verde, con una mayor actividad de la corteza orbitofrontal, pudo modular la actividad de la amígdala e impedir una respuesta impulsiva inmediata y conseguir más tiempo para decidir. Ese tiempo les permitió observar más detenidamente y percibir mejor las características ambientales, es decir, predecir con una mayor precisión cuándo podría explotar el globo. Las respuestas del equipo verde fueron más «equilibradas» dada la situación, y lograron un beneficio económico, no así las decisiones del equipo rojo.

En este sentido, algunos estudios previos han señalado diversas áreas cerebrales que podrían ser las responsables de la emoción, entre las que destaca el sistema límbico como centro emocional del cerebro. Siguiendo nuestra analogía, el sistema límbico sería el calentador de agua de nuestra casa. Sin embargo, no todo el sistema límbico realiza funciones emocionales, al igual que no todo el resto del cerebro es ajeno a la emoción. Por ejemplo, el hipocampo, situado en el sistema límbico, tiene funciones cognitivas relacionadas con la memoria; por otra parte, se ha visto que la corteza orbitofrontal, localizada en el lóbulo frontal, también es importante para la emoción. Igual sucede con nuestro calentador: no todas las piezas que lo componen sirven para calentar el agua; por ejemplo, la válvula de drenaje únicamente ayuda a vaciar los sedimentos que puedan acumularse. Así pues, no se puede trazar una línea divisoria que dicte qué áreas son las responsables de los procesos emocionales y excluya al resto.

Vea nuestro curso de Neuroeconomia

Compártelo en tus redes

Share on facebook
Share on twitter
Share on linkedin
Share on pinterest

Valore este curso

Comments are closed.

Utilizamos cookies para asegurar que damos la mejor experiencia al usuario en nuestra web. Si sigues utilizando este sitio asumimos que estás de acuerdo. VER